viernes, 10 de mayo de 2013

CORDILLERA DE NAHUELBUTA

En plena cordillera de la costa, esta ubicada la casa de la mamita, en la hermosa cordillera de Nahuelbuta en la novena región, comuna de Los Sauces... antigua reducción indígena, tierra de copihues,

Digueñes
Y el aromo que en agosto viste entera de amarillo la cordillera anunciando la  llegada de la primavera
y el agua baja cantando y jugando con las piedras desde lo mas alto de la cordillera
y donde un atardecer deja ver toda la belleza de esta linda tierra.

Ir a vivir al campo, fue todo un mundo nuevo, esa casa era enorme en comparación con la nuestra que era tan pequeña, la cocina estaba aparte del comedor  los dormitorios, en medio de ella,  tenia un gran fuego en el suelo y ahí se cocinaba..
El jardín de esa casa era lindo, tenia todo tipo de flores, no importaba la estación del año, siempre había flores, el matico siempre ahí en su esquinita, las campanitas  y los juncos blanco y amarillos que te acompañaban hasta el baño, que siempre estaba rodeado de cardenales de todo los colores, las lilas y los lirios, el velo de la novia, los copitos de nieve, era un jardín con mucha vida.
En ese tiempo el agua se sacaba de un pozo que estaba bien abajo, era una vertiente que había ahí y llenaba el pozo, en verano se limpiaba hartas veces porque la mamita decía que las culebras se bañaban e iban a tomar agua en él, pero era un agua limpiecita, rica y siempre heladita, aunque en invierno era muy sacrificado poder llevar agua a casa, la mamita tenia su casa arriba en lo mas alto del cerro y habían caminitos así de vuelta y vuelta para llegar  y eran baldes y baldes todos los días. En la cocina había alguien que siempre estaba ahí trabajando todo el día, yo la miraba y no se de donde sacaba fuerzas para acarrear tantos baldes de agua, los varones era poco lo que colaboraban, era como si ellos por trabajar, lo poco que trabajaban en el campo, no pudieran hacer nada más. El agua era un gran problema en esa casa, ella ahí cocinando, amasando y acarreando agua todo el día. Era la tía Rosa, hasta le toco ser nuestra apoderada cuando al fin decidieron que iríamos a Pivadenco a estudiar , cada día era una nueva lección que aprender y cosas por conocer.
–-“y nuestra primera lección de campesina”-
Vino de parte de don Manuel Sergio alias el  Checho, el dijo lo primero que tienen  que aprender  es andar a caballo y llego un buen día con una yegua flaca, era casi un copia fiel del caballo rocinante de don quijote de la mancha, nada más que ésta era gris y era  una yegua…
Yo no sé como,  la  Porteña
(la yegua) podía aguantar tanto, yo la miraba y era como si sus ojos estuvieran siempre tristes, su lomo siempre lleno de bichos parados en sus grandes heridas que tenía , nunca la vi   sanar y cuando le ponían la montura era peor y yo pensaba si  le dolerían o si no le picaban, sería por eso que sus ojos siempre estaban triste? hasta parecía que lloraba, pero ella seguía ahí fiel, a su tranco llegaba a todos lados, a trintre, a los sauces  y a todas las jugarretas de pelota en san Ramón, Miraflores, Vegas blancas, era fiel la porteña.Si una vez llego sola cargando al tío Bartolo que venia en forma de bulto arriba de ella, venia curado y todo golpeado, fue a una jugarreta de pelota y por ahí se las dieron por enamorado, recuerdo que para que pudiera ver la tía Janet le ponía palitos de fósforos en los ojos. Duró artos años la porteña, murió de vieja y de flaca,  la enterramos al lado del ciruelo, abajo, donde la tía nena tenia su casa…
Vivir en el campo se convirtió en todo un mundo nuevo, no solo por su forma de vida si no porque parecía que uno nunca pasaba hambre, en verano estaba la fruta, los frutos de oros le decíamos esos los comíamos maduros y verde al igual que las manzanas y las ciruelas, estaba el maqui, las nalcas, el fruto del copihue, que era así como una vaina verde llena de semillas y que maduro era muy rico, igual que el boldo maduro. En la hora de siesta de verano nos íbamos a un boldo grande y mientras nos sombreábamos comíamos boldo dulcecito; como olvidar las tardes de salir en grupo a comer mora, todos con un jarrito en mano (con los jarros de porcelana azul) y cuando había harina tostada también la llevábamos y hacíamos muñitos de harina con mora para comer, aprovechábamos y tomábamos moras para que las tías hicieran dulce. Tantas cosas que nos regalaba el campo, había también  una semilla chiquita y transparente con una pepa pequeña negra, decían que se llamaba quila, para mí las más ricas eran las murtillas y las frutillas silvestres, eran chiquititas y dulcecitas. Debíamos ser como animales goloso aprovechando todo lo que naturaleza nos daba, en tiempo de lluvia venían las callampas, nos levantábamos y salíamos a las vegas  a buscar callampas y ñonguito le decíamos a los que eran nuevitos, con papitas cocidas y fritos con cebollita eran ricas las callampas, la mamita nos enseñaba a diferenciarlos porque había artos tipos de callampas en el campo, había una que decía que era meado de perro y no se comía y estaba la del pino y teníamos prohibido comer o ir a buscar callampas ahí.
-“Cuidaito con ir a los pinos  a buscar callampas, esas no se comen tienen veneno y se van a morir”-
Cuantas veces llena de miedo salí a los camarones con los hombres, Checho decía que de las cuevas no solo camarones salían.
-“Tengan cuidado cuando metan la mano en la cueva, mire que a veces las culebras se meten ahí y cuando uno mete la mano te muerde y no te suelta más”-
Y una ya iba temerosa, en esos años solo a mano se sacaba camarones, te quedaban las manos heridas con los cascajos y era una sensación extraña meter la mano en la cueva llena de agua había que moverla de tal forma que succionaras el agua hacia fuera y cuando tocaras la colita del camarón había que tomarlo y tirarlo sacarlo de la cueva antes que se arranque, yo siempre metía la mano y cerraba los ojos, como no queriendo ver lo que saldría de la cueva y cuando tocaba algo lo tiraba lejos, como olvidar que los camaroncitos pequeños que salían los enjuagábamos un poco ahí mismo en la misma agüita de la vega  y así no mas los comíamos crudos eran saladitos y muy ricos, nunca  pensamos en que si los dejábamos crecer después tendríamos más camarones, ¿seria el hambre?. Pasábamos días enteros metidos en el agua a pie pelaos no mas.
-“Si, en el campo es así”- decía checho al terminar.
Nos lavamos los pies y nos poníamos nuestros zapatos.
A veces si tenías suerte los hombres te dejaban ir con ellos a los pescados.  
-“tienen que caminar rápido si, la que se queda atrás se queda no mas”-
Y había que ir de ayudante, ser rápida e ir sin miedo de subir y bajar piedras y pasar por entremedio de ramas llenas de telas de arañas y nada de decir que estabas cansada o tenías hambre, el día de pesca a veces era todo el día, sobre todo si iban al salto de la parra. Se llevaba un bolsito con las pesas, un par de anzuelos, el tarrito con lombrices, ahí entrábamos nosotras, porque Checho no le gustaba buscar lombrices, entonces negociaba…
-“cauras si me buscan lombrices las llevo a pescar”-
Nosotras partíamos felices, le ayudábamos a derretir el metal con que haría su pesa, recuerdo que derretían monedas o algo con que poder hacer un plomo, hacían un hoyito en la tierra vaciaban ahí el metal derretido y salía una cosa como de metal, le decían plomo y lo amarran a su hilo de nylon que estaba amarrado a un palo de coligue, todo eso se hacia el día antes de salir a pescar, una vez con la Jaque
nos atrevimos a salir solas a pescar y nos fue bien, pescamos bastante, nada más que nosotras no sabíamos que al sacar el salmoncito del agua había que doblarle la cabeza y después se metían en el palito ahí donde se llevaban a casa, nosotros los pescábamos y los poníamos en el palito, y cada vez que volvíamos a pescar los dejábamos metidos en el agua y se iban escapando de uno, saltaban y salían del palo, me parece que quedamos con dos salmoncitos más mi pantalón nuevo todo roto, al menos le perdimos el miedo a los que sale del agua. Lo mismo nos paso con los primero guaches que fuimos a poner solas por el lado de don Lorenzo, no le avisamos a nadie, fuimos calladitas, al otro día tempranito fuimos a ver y en unos de nuestros guaches había un conejo lindo, nos miramos y nos pusimos a gritar de alegría porque teníamos un conejo, creo fueron tantos nuestros gritos y debieron ser fuertes pues despertaron al conejo y este arranco con guache y todo, en todo caso ahora que lo pienso fue mejor, creo que no hubiéramos sabido que hacer con el conejo pero igual vimos que si podíamos. Los salmoncitos que salían del río eran ricos, se freían y se le comía hasta las espinas, nada se desperdiciaba, había que ayudar en limpiarlos si, era una forma de ser participe de la pesca, se revolcaban en ceniza y se le sacaban las pocas escamas que tenían y se les sacaban las aletitas y las tripas, se freían con cola y cabeza. Con los conejos era lo mismo, en ese tiempo había poco guaches en casa así que se salía a cazar con los perros no mas, y se salía en grupo por si había que seguir a los perros para quitarle los conejos porque se ponían pillos y una vez que tenían el conejo arrancaban con el, a veces lográbamos quedar con la mitad del conejo para nosotros. Parecíamos tribus, igual que para atrapar las perdices, se decía que la perdiz al tercer vuelo ya se cansa y no puede volar y se supone que era el momento para atraparla entonces nos dividíamos en 3 grupos para hacerla volar y los últimos la atraparían pero nunca nos resulto yo creo que eso del tercer vuelo no era verdad, la mamita nos contó que la perdiz fue maldecida…
La perdiz antes volaba y volaba, pero dicen que cuando la virgen iba camino a Belén una perdiz salio al camino y asusto al burro donde iba la virgen montada y ella casi cae, entonces la maldijeron que tendría solo tres vuelos y que al tercero podría ser cazada.
Nosotros como siempre todo lo que decía la mamita era ley, creo todos los veranos lo intentamos y no recuerdo a ver comido perdiz, solo sus huevos, que eran de un color hermoso como si hubieran sido pintados con esmalte de uñas color granate y casi del porte del los huevos de las gallinas, hacíamos tantas cosas, como  las veces que Checho nos organizo para ir a robarle los huevos a los treiles,
-“Ya cauros ustedes van y caminan derechito a los nidos y cuando los treiles se enojen y salgan a la siga de ustedes, corran fuerte un poco y después se tiran de guatita sin levantar la cabeza, háganme caso si, no levanten la cabeza se tiran al suelo y sin moverse. Mientras los treiles los siguen a ustedes yo voy y le saco los huevos”-
-“Ya checho”- y partíamos a las vegas…
Al llegar cerquita de donde checho nos decía que estaban los nidos, se nos venían los treiles, las parejas nos seguían y de pronto se elevaban un poco más y se tiraban hacia nosotros así como en picada y había que tirarse de guatita casi no sobresalir de la tierra, los Treiles pasaban por encima de nosotros ya casi nos sacaban las orejas y cuando  los treiles tomaban vuelo de nuevo nosotros corríamos un poco mas y de nuevo a tierra, parecían de esos aviones bombarderos, seguíamos así hasta que los treiles se cansaban y no veían que ya estábamos lo suficientemente lejos, teníamos orden de la mamita de no sacarle todo los huevos para que tuvieran al menos un para de crías, era lindo igual ver el campo con treilitos nuevos, se parecen a los pavos de pequeño.
A mi lo que mas me gustaba era ir a los digueñes, era lindo ese tiempo, porque siempre se salía en familia, grandes y chicos, y duraba todo el día, un poco de vinagre, merquen y una fuente y nos íbamos al bosque, cuando venia el hambre una buena ensalada de digueñes con berro aliñada con vinagre y merquen.


 Yo una vez me perdí, creo fue por lado donde tiene la casa ahora don Nino Contreras, yo solo recuerdo que andaba con mi padre y vi. una maseta y fui por ella y cuando volví ya no había nadie, solo bosque primero pensé correr tras ellos, pero luego pensé mi papi va venir por mi y me quede ahí paradita sin moverme, ligerito llego mi papá medio enojado venia porque lo retrase del grupo y además que estábamos sentenciados, para salir con los grandes no debíamos quedarnos atrás si no nunca más nos llevaban, volvíamos a casa con  digueñes, changles, fosforitos, a mi como más me gustan los digueñes son fritos aliñados con hojitas de ajos machadas y con huevito de campo, no hay nada más rico, la parte , más complicada para ir a los digueñes era la pilastra, decían que ahí solo los grandes podían ir, pues dicen que ahí en la pilastra la cordillera era traicionera y cuando llegabas ahí se venia una niebla, que podía llegar a perderte, era como si te encerraba.
                                                    Maritza Román Gómez

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